martes, 19 de noviembre de 2019

Lisístrata y el Nobel de la Paz

Lisístrata y el Nobel de la paz

Por:  13 de octubre de 2011
Por Miguel Ángel Villena
Paco León (en primer término), en el papel de Lisístrata en el Festival de Mérida. © Ceferino LópezComo definición de clásico, suele decirse que es algo que mantiene validez y sentido en todo tiempo y lugar. Hay gente, cada vez más numerosa, que confunde lo antiguo con lo clásico. Nada tienen que ver y podemos apreciar músicas, libros, costumbres, edificios, personajes o actitudes que atraviesan los siglos, los mares y las tierras y adquieren la categoría de universales. A propósito de clásicos, el teatro griego sería uno de los mejores ejemplos de argumentos que perviven en todo su esplendor y que más de 2.000 años después siguen emocionando, haciendo llorar, pensar o reír. Entre las enseñanzas de los clásicos griegos también sobresalen, por supuesto, métodos de lucha que no han perdido un ápice de su vigor. 
Viene todo esto a cuento de la concesión del Premio Nobel de la Paz a la activista liberiana Leymah Gbowee, que lanzó una iniciativa para frenar la guerra en su desdichado país de África que ya había ideado el comediógrafo Aristófanes nada menos que en el año 411 antes de Cristo, a orillas del Mediterráneo. Así las cosas, la consigna de que las mujeres griegas no mantuvieran relaciones sexuales con sus maridos, hasta que ellos no abandonasen la violencia, figuró como el tema central de Lisístrata, una de las piezas teatrales más representativas y representadas de la Grecia clásica. Aquel alegato pacifista y divertido de un Aristófanes conservador en lo político, pero liberal en usos y costumbres, debió servir de inspiración, sin duda, a Leymah Gbowee que, a sus 39 años, se ha convertido en un símbolo para todas las mujeres del mundo. El Comité del Nobel noruego destacó, la semana pasada, en la trayectoria de la trabajadora social Gbowee que “movilizó y organizó a las mujeres más allá de las divisiones étnicas y religiosas para ponerle fin a una larga guerra en Liberia y asegurar la participación de las mujeres en las elecciones”. En esencia, la táctica de la feminista liberiana fue idéntica a la de las protagonistas de Lisístrata, o sea, una huelga sexual para forzar al entonces presidente de Liberia, el déspota y sanguinario Charles Taylor, a incluir a las mujeres en las negociaciones de paz.

Leymah Gbowee, premio Nobel de la Paz, en la Universidad de Columbia (Nueva York). TIMOTHY A.CLARY / AFP

Madre de seis hijos, Leymah Gobwee debía saber que, antes o después, las mujeres son las principales víctimas de un conflicto. Sometidas a todo tipo de humillaciones y vejaciones en la retaguardia, obligadas a entregar a sus hijos en el altar de la codicia y el fanatismo que siempre alientan las guerras, muchas liberianas se sumaron en el año 2002 a una táctica de lucha que parecía original, pero que hundía sus raíces y había probado su eficacia en la Grecia clásica. No cabe duda de que Taylor y sus esbirros debieron mostrar el mismo asombro, idéntica incredulidad, que los personajes masculinos de Lisístrata. Pero la firmeza de las mujeres en su huelga sexual, que daña a los hombres en lo que muchos consideran la fuente de su poder y de su arrogancia, convirtió las risas despectivas o los comentarios machistas de los señores de la guerra liberianos en un motivo de preocupación. Tan es así que la actitud de la apodada “guerrera de la paz” contribuyó en 2003 a poner fin al segundo conflicto armado en Liberia en poco tiempo y precipitó la caída de Taylor, más tarde juzgado por crímenes de guerra en el Tribunal de La Haya. “Jamás la violencia ha arreglado nada”, manifestó Gobwee a los periodistas tras la concesión del Nobel de la Paz. Esta sentencia ya la suscribió y la puso en escena un tal Aristófanes hace casi 2.500 años. Esperemos, pues, que las generaciones futuras aprendan de los clásicos.

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